Jóvenes esclavos

Básicamente, si permanecés más de un año en el mismo puesto desde que entraste, tenés que huir. Correr despavoridamente suplicándole piedad a la sociedad y pidiéndote perdón en la carrera.

Advertencia: generalizaciones, subjetividades y orientado a la tercer década de vida.

No está mal trabajar, al contrario: dejando de lado esa a veces deliciosa compensación económica, el trabajo es bueno para la salud física y mental de las personas. Pero aún así, hay que mantener una sana ambición siempre a la vista. Como en todo, hay casos y casos, pero por lo general un joven de unos veinte y algo más de años tiene una excelente condición que se deteriorará lenta e inexorablemente: la de ser flexiblble y altamente apto para el aprendizaje. Hay que aprovecharla.

Desperdiciar un año de esta edad en un trabajo generalmente monótono y aburrido es desperdiciar cien años de experiencia. Adentrados los veinticinco o por ahí, es preferible tener la experiencia de seis puestos de trabajo diferentes, casi sin relación entre sí, a tener una amplia experiencia contando monedas en un supermercado, por ejemplo.

Algunos prefieren dedicarse completamente al estudio y luego despegar al mundo laboral “ya preparados”. Es una perfecta alternativa. Otros, por el contrario, prefieren trabajar mientras tanto. A estos úlitmos me refiero.

No digo que haya que trabajar un poquito, abandonar y luego andar errante hasta nuevo aviso. Digo que nunca hay que parar de buscar. A veces en caso de toparse con una oferta laboral que económicamente es similar al actual trabajo, es fácil caer en el “ya tengo trabajo”, “para qué cambiar si es lo mismo”, etc. Pero claro que no! Evaluar las posibilidades laborales únicamente por la remuneración es evaluar una casa únicamente por la calefacción (bueno, no tanto, pero la idea está).

Aclarando nuevamente: me refiero a los jóvenes trabajadores, que ya sea por miedo, por “seguridad”, por falta de ambición, o la razón que sea, se transforman en jóvenes esclavos de unos cuantos billetes. Trabajar durante el estudio o más bien durante la juventud no debería tener el único objetivo de “tener mi guita” para salir el fin de semana. También hay que evaluar qué me va a dejar esta posición.

Siendo realistas, la oferta laboral para la juventud suele ser un asco. Creo que nadie, a los veinte años, comienza a trabajar como vendedor en un local de ropa, de tarjetas, en un supermercado, en un call center, con avon/herbalife, etc, con intenciones de desarrollar de ahí una carrera profesional de por vida, no? Pronto, quiérase o no, soplarán vientos de cambio, Y ahí es cuando realmente evaluamos lo que el puesto laboral nos dejó. Los sueldos se fueron con los fines de semana. En cambio, qué es lo que quedó? Experiencia, información, conocimientos, habilidades. Esas pequeñeces suman, y mientras más sean (provistas por diferentes actividades), más le aportan a uno como persona. Bueno, y al currículum si se quiere. Pero sobre todo a uno como persona :) No sólo por el hecho de inflar el pecho y decir “yo sé hacer esto” o “yo hago esto otro”, sino porque por dentro nos enseña que “yo pude hacer esto” o más bien, “yo puedo hacer esto otro”, y quién sabe qué más puedo hacer! Si me dedico siempre a contar estrellas nunca sabré qué más hay para contar.

Por eso, al principio, por dentro hay que mentalizarse de que ningún trabajo es estable, desde el primer día hasta el último. No dejar de buscar alternativas que nos alimenten profesionalmente. No sentarse y decir “ya tengo trabajo” hasta ser pateado.

Todo debería tener un ciclo, y a medida que pasa el tiempo, estos ciclos inevitablemente se irán estirando. El primer trabajo quizás deba durar sólo un mes; mientras el segundo, tres meses; el tercero, un año; y el noveno, quizás, toda la vida!

 
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