Gracias

¿Cómo se dice? pregunta la madre. Graaacias dice el hijo, cuando recibe un caramelo de algún personaje de por ahí.

Así nos configuramos temprano y de a poco para disparar fría y casi inconscientemente tan noble palabra que cada vez, con raras excepciones, se desvanece entre tanta altanería cotidiana.

Sin embargo, no conocemos -o, a veces, olvidamos- realmente el significado de eso que decimos desdeñosamente casi a diario: lo que hay más allá del protocolar gracias que acompaña un adiós cuando salimos del almacén.

Me refiero al más profundo y camuflado detalle, portavoz de un verdadero sentimiento de agradecimiento, un conocimiento y entendimiento de cómo ese algo que nos han brindado tiene un verdadero valor aquí y ahora, y quizás, por el resto del día, del año o de la vida. Ese gracias robótico debería ser, más bien, lo que decimos porque queremos, porque sentimos, porque entendemos, porque valoramos, y, sobre todo, porque la otra parte merece conocer el aprecio que tenemos por su aporte para con nosotros y su significado.

Desde el lápiz que se cae en la biblioteca y que amigablemente nos alcanzan, la puerta que nos detienen desinteresadamente y el chocolate que nos comparten en una plaza, hasta la cariñosa bienvenida que nos dan en una visita, las vacaciones infinitas que compartimos en familia y los compromisos de por vida que nos acompañan cada día.

El invaluable e inigualable sentimiento de un cálido y auténtico gracias, ese que viene acompañado de una sonrisa sincera y una mirada directa, nos describe y se contagia. Y más allá de la buena educación, nos hace personas reales y genuinas.

Por eso, no enseñemos a decir gracias. Enseñemos a estar agradecidos.

 
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